Existen ideas que hasta hace muy poco tiempo habrÃan sonado inverosÃmiles. Hoy, sin embargo, una de ellas se menciona con una sorprendente naturalidad: la de que una máquina pueda encontrar por nosotros a la persona indicada.
Hace años que existen aplicaciones que clasifican personas, les otorgan un puntaje y administran la búsqueda sentimental como si se tratase de un concurso de individualidades.
Pero estamos, en este momento, a las puertas del próximo paso lógico: confiar en que, si entregamos suficientes datos sobre nosotros —gustos, hábitos, miedos, deseos, conversaciones, horarios, reacciones, clics, opiniones y miles de puntos de datos adicionales— un sistema lo suficientemente inteligente pueda decirnos quién encaja mejor con nuestra vida. En otras palabras: que el amor, ese fenómeno históricamente misterioso, caótico, mágico, pueda, como si se tratase de un proceso de negocio, ser finalmente racionalizado y optimizado.
Te invito a reflexionar sobre el amor y estas máquinas que ahora prometen encontrarlo por nosotros. Y a preguntarte si el amor, el más profundo e inexplicable de los sentimientos, seguirá entrando en nuestras vidas como siempre lo hizo: de sorpresa, torpe e inolvidable, o la tecnologÃa se encargará de convertirlo en un activo enteramente planificable.
La promesa de la certeza
La hipótesis tiene su encanto. Amar nunca fue una ciencia exacta. Elegir a otro o dejarse elegir, nunca estuvo libre del error y del dolor. Está el entusiasmo del comienzo, desde luego, pero también el rechazo, el desencuentro, la torpeza, la demora, el silencio mal interpretado, el temor de la desigualdad del deseo. La inevitable parte de incertidumbre. Y precisamente por eso, la promesa del algoritmo resulta tan atractiva: parece ofrecernos certezas. Quizás no haga falta atravesar tantas veces la confusión, la espera, el desgaste, el desencanto. Acaso una inteligencia entrenada en millones de casos pueda acercarnos, con mayor precisión que nuestro instinto, a quien más nos conviene.
Cuando el amor entra en el terreno de la conveniencia, quizás deja de considerarse un encuentro y se reduce a una coincidencia entre perfiles, algo asà como si el destino pudiera resumirse en una serie de afinidades numeradas. Como un proceso de búsqueda de compatibilidad. No desaparece del todo la magia, desde luego. Pero pareciera ya no tratarse solamente de esa persona que irrumpe, nos conmueve y altera nuestra vida. En cambio, parece tratarse de alguien que encaja, que coincide, que responde a un patrón favorable. El amor deja de aparecer como una aventura incierta y empieza a presentarse como un problema ciertamente optimizable.
Antes de los algoritmos
La tecnologÃa no inventó nuestro deseo de orientarnos en los asuntos del corazón. Mucho antes de las apps y sus algoritmos, ya buscabamos el consejo de los amigos, familiares, en el horóscopo. Intuiciones tan humanas como infundadas. Siempre quisimos algún tipo de mapa para atravesar el laberinto. Pero lo que observamos acá es otra cosa: la posibilidad de justificar racionalmente la decisión misma.
El salto de Kierkegaard
Søren Kierkegaard entendió que hay decisiones que no se resuelven mediante el cálculo. Porque en ellas no elegimos solo entre opciones: nos elegimos a nosotros mismos. La razón puede acompañar, pero tiene un lÃmite. Después de eso, queda el acto de decidir.
Esa idea sigue teniendo una fuerza extraordinaria. Porque amar a alguien pertenece, justamente, a esas latitudes. Comprometerse con una persona, apostar por una historia compartida, arriesgar la propia intimidad, dejar entrar a otro en el centro de nuestra vida.
Un sistema puede detectar afinidades, puede cruzar hábitos, puede encontrar simetrÃas. Puede decirnos, incluso, si dos vidas parecen compatibles en casi todos los planos visibles de lo evaluado, lo medido. Pero incluso entonces, todavÃa queda ese momento en que alguien tiene que decir: «sÃ, voy a correr el riesgo». Voy a confiar. Voy a dar el salto.
Eso es lo que Kierkegaard llama angustia.
La angustia como estructura
Angustia, en Kierkegaard, es el nombre de esa experiencia en la que advertimos que ninguna estructura exterior puede vivir por nosotros. Elegir nos deja expuestos. Elegir nos compromete. Elegir implica asumir un acto cuyo resultado nunca está del todo bajo control. Y quizás es por eso que nuestra época, en estrecha simbiosis con la predicción, tiende a ver esa exposición como una falla del sistema. Algo que deberÃa corregirse. Algo que la técnica, con un desarrollo suficiente, podrÃa resolver.
La promesa algorÃtmica en el terreno del amor supone la liberación de la carga de elegir mal. Reducir el sufrimiento evitable. Evitar años de malas apuestas, vÃnculos estériles, malentendidos. ¿Quién no querrÃa eso? ¿Quién no verÃa con simpatÃa una herramienta capaz de acercar a personas que, sin esa mediación, jamás se habrÃan encontrado? Hay algo genuinamente valioso en esa posibilidad. Rompe los cercos geográficos, sociales y culturales. Le da a mucha gente una oportunidad que el azar de la vida material, quizá, le hubiera negado.
La herramienta que moldea la mirada
Pero una herramienta no solo resuelve problemas: también moldea la forma en que percibimos aquello sobre lo que opera. Y tal vez lo más interesante de todo esto no sea preguntarse si los sistemas pueden ayudarnos a encontrar pareja. Claro que pueden. La pregunta quizás es otra: ¿qué pasa con nosotros cuando empezamos a entender la búsqueda del amor bajo la lógica del cálculo, del costo/beneficio, del riesgo analizado?
A lo largo de nuestra historia, el amor se ha contado como un destino, un accidente, un milagro, un error, una catástrofe, una bendición. Hoy empieza a contarse, cada vez más, como un problema de información. Hemos empezado a describir lo que sentimos con otro vocabulario. Ya no preguntamos solamente quién me conmueve, quién me transforma, quién me desordena la vida de un modo fecundo. Preguntamos quién es más compatible conmigo, quién coincide mejor con mis hábitos, quién encaja con menor fricción en el diseño previo de mi existencia.
Compatibilidad y alteridad
No hay nada malo, en principio, en buscar compatibilidad. Toda convivencia la necesita. El problema es cuando la compatibilidad se convierte en el criterio supremo. El amor no consiste únicamente en encontrar aquello que encaja. Consiste también en salir al encuentro de aquello que nos corre un poco de lugar, que nos obliga a mirar de nuevo, que no responde del todo a la imagen que ya tenÃamos armada. No es confirmación. Es alteración. No es armonÃa. Es aprendizaje en la diferencia.
Tal vez por eso el algoritmo encuentra su lÃmite, no en su inteligencia, sino en la naturaleza misma de aquello que intenta administrar. Un sistema aprende de regularidades. De preferencias repetidas. De elecciones previas. De conductas observables. Pero una parte del amor ocurre, justamente, cuando alguien se sale de su propia estructura. Cuando se interesa por quien no estaba en el libreto. Cuando algo irrumpe y desordena la lógica previa. Hay encuentros que no parecen probables y, sin embargo, cambian una vida porque tocan algo que ninguna suma de datos puede racionalizar de antemano.
Incertidumbre y esencia
No se trata de glorificar el sufrimiento ni la incertidumbre. Hay errores que no enseñan nada. Hay vÃnculos que solo desgastan. No se trata de idealizar el dolor, como si toda herida volviera más auténtica a quien la padece. Se trata de entender qué se pierde cuando soñamos con borrar por completo la incertidumbre.
Porque el ideal de una pareja encontrada por cálculo no elimina solo el riesgo. También modifica la esencia misma del vÃnculo. Si una máquina me indica que cierta persona es la mejor opción disponible para mÃ, mi relación con la elección cambia. Puedo seguir decidiendo, desde luego. Nadie me obliga. Pero ya no decido del mismo modo. Mi libertad entra en escena después de haber sido orientada, clasificada, anticipada por una inteligencia externa que organiza el horizonte de lo posible.
La búsqueda de exención
Sorprende quizás la pasividad con la que aceptamos ser guiados. Somos nosotros quienes entregamos los datos. Somos nosotros quienes ofrecemos nuestros hábitos, nuestras preferencias, nuestros temores, con la esperanza de que algo o alguien nos devuelva una certeza que por nosotros mismos no logramos construir. Queremos que nos digan: «Esta vez sû. Queremos que nos ahorren la parte más incierta del camino. En el fondo, quizá no buscamos solo amor. Buscamos exención.
Vivimos rodeados de sistemas que personalizan el mundo. Las noticias que vemos, la música que escuchamos, los productos que compramos, las rutas que seguimos, las pelÃculas que nos recomienda una plataforma: todo parece ajustado a medida para nuestro perfil. La idea de una pareja personalizada parece, en ese contexto, casi la culminación natural del proceso. El otro como experiencia optimizada. El otro, como respuesta, afinada a mi configuración previa.
Pero un amor enteramente ajustado a nosotros corre el riesgo de convertirse en un espejo. Y nadie puede amar, de verdad, a un espejo. El amor necesita semejanza, sÃ. Pero necesita también alteridad. Necesita que haya, en el otro, algo que no me pertenezca del todo. Algo que no pueda reducirse a mis preferencias. Algo que confronte. Algo que resista.
La pregunta que queda
Tal vez el asunto no consista en decidir si deberÃamos o no dejar que un sistema inteligente nos ayude a encontrar pareja. La formulación binaria empobrece el problema. La cuestión más interesante es qué clase de sujeto se forma cuando empieza a mirar su propia vida Ãntima desde el paradigma del cálculo. ¿Qué hábitos de percepción, qué expectativas, qué umbrales de tolerancia, qué miedo al error, qué desprecio por la incertidumbre se incuban en esa personalidad? ¿En qué medida seguimos siendo autores de nuestra experiencia cuando la entregamos, con creciente aceptación, a sistemas diseñados para reducir la fricción del existir?
Lo que la tecnologÃa sà puede dar
SerÃa demasiado fácil terminar con una condena solemne a los algoritmos o, por el contrario, con un elogio ingenuo de la innovación.
Digámoslo con total y supina claridad: La tecnologÃa puede ofrecer una herramienta real, concreta y accesible para que muchas personas enriquezcan sus vidas.
Puede hacer que se crucen caminos destinados, de otro modo, a no encontrarse nunca, y tender una mano invisible a quienes atraviesan la vida en soledad, ese fenómeno tan oscuro y extendido de nuestros tiempos.
La verdad, si la hay, está en una zona aún inexplorada. Los sistemas quizá nos acerquen con mayor eficiencia a personas valiosas. Y, sin embargo, ninguna eficacia resolverá el núcleo irreemplazable del amor: ese momento en que dos individuos se exponen sin garantÃa alguna. Ese momento en que, pese a todos los datos, alguien dice «sû. O no.
Tal vez lo humano empiece justamente ahÃ: en el punto en que la predicción ya hizo todo lo que podÃa, y todavÃa queda elegir.
Porque amar no fue nunca encontrar una respuesta correcta.
Es animarse a poner la vida, aunque sea por un rato, en manos de otro.